El doble discurso de la austeridad: mientras el servicio exterior se despilfarra, la orden del Canciller parece ser solo para la tribuna
Por Redacción
La austeridad en el Estado uruguayo sigue siendo, una vez más, un eslogan vacío de contenido. Mientras desde el Ministerio de Relaciones Exteriores se baja la orden a sus delegaciones de reducir los gastos al mínimo necesario, la realidad en las embajadas parece correr por otro carril, uno donde el derroche y el beneficio personal priman sobre la responsabilidad fiscal.
El caso más reciente e indignante es el del embajador de Uruguay en Argentina, quien parece haber hecho caso omiso a las directivas de la Cancillería. Haciendo alarde de una desobediencia que roza la impunidad, se ha despachado con la compra de una camioneta Honda «full» para su uso personal, desembolsando más de 40 mil dólares del erario público. ¿Austeridad? Para algunos parece ser solo una palabra que se usa para los informes oficiales, pero que se olvida a la hora de renovar vehículos de alta gama.

Como si el lujo automotor fuera poco, la residencia del embajador en suelo argentino se ha convertido en un emblema de la opulencia estatal. Una mansión mantenida a cuerpo de rey, con una decena de funcionarios dedicados exclusivamente a la atención del jerarca, mientras el ciudadano de a pie sigue ajustándose el cinturón.
Pero el pescado se pudre por la cabeza. El propio Ministro de Relaciones Exteriores, quien supuestamente exige austeridad, no predica precisamente con el ejemplo. En apenas un año de gestión, ha acumulado gastos que superan los 80 mil dólares solo en viajes. Entre sus destinos favoritos, destacan sus reiteradas visitas a Roma, en lo que muchos presumen es un nostálgico periplo por los lugares donde residía antes de ser premiado con su actual cargo.
Este escenario no es nuevo, es la misma historia de siempre. Desde el retorno a la democracia, ninguno de los gobiernos de turno ha mostrado la más mínima voluntad política de terminar con el despilfarro. Es la crónica de siempre: el Estado agrandado, financiado por los mismos de siempre, mientras una clase política atornillada al poder sigue «chupando de la teta» estatal sin ruborizarse.
¿Hasta cuándo seguiremos pagando el confort de unos pocos? La indignación ya no alcanza; el despilfarro, mientras se habla de ahorro, es una burla directa al contribuyente uruguayo.
















