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EL DESESPERADO AFÁN DE RECAUDAR: ODDONE Y LA MENTALIDAD DE CAJA QUE ASFIXIA A LOS URUGUAYOS

Por Maycol Bonica Lencina

El debate sobre los autos eléctricos en Uruguay dejó al descubierto algo mucho más profundo y preocupante que una simple discusión de matriz energética o incentivos fiscales. Puso sobre la mesa la verdadera filosofía de Gabriel Oddone: una visión donde el ciudadano no es un individuo que busca progresar, sino una billetera caminante a la que hay que exprimir sin pausa.

Para el economista, todo se resume a las cuentas del Estado, nunca a los bolsillos de la gente.

La demanda no maduró sola: la gente huyó de la asfixia

Cuando se habla del crecimiento del parque automotor eléctrico, desde la comodidad de los escritorios técnicos se suele usar un lenguaje frío, casi biológico. Pero las cosas hay que decirlas por su nombre: la demanda no maduró sola.

El fenómeno explotó por una razón muy sencilla: cuando el Estado dejó de aplastar una opción con impuestos, la gente encontró una salida de emergencia. No es que los autos eléctricos estén «subsidiados», como les gusta repetir para justificar futuros zarpazos fiscales. Lo que esto demuestra, de forma contundente, es que el resto del sistema está sumamente castigado.

Los uruguayos no compran eléctricos porque vivan en una utopía verde; lo hacen porque están cansados de pagar el combustible y los autos más caros de la región debido a una carga impositiva insoportable.

La calculadora en la mano y la empatía en el piso

La postura de Oddone revela una mentalidad de caja alarmante. Su razonamiento se reduce a una lógica puramente contable y mezquina: “Si subsidio acá, vendo menos acá”.

Para esta forma de ver la economía, las matemáticas son lineales y desalmadas:

 Cada auto eléctrico en la calle es una venta de nafta perdida.

 Cada motor eficiente es un IMESI perdido.

 Cada uruguayo que ahorra un peso es un pedazo de caja que se les escapa de las manos.

La gran ceguera técnica: No son capaces de ver a un trabajador pagando menos por moverse, yendo a buscar a sus hijos o repartiendo mercadería de forma más barata. No ven bienestar social. Lo único que ven es recaudación que todavía no capturaron.

Pensar en recaudar, jamás en aliviar

Esta es la tragedia de la conducción económica que se avecina o que pretenden imponer: la obsesión obsesiva por mantener la estructura del Estado a costa del sacrificio ajeno. La premisa siempre es el equilibrio fiscal basado en la presión y nunca en el alivio al contribuyente.

Si una alternativa funciona y le da respiro a la clase media, la respuesta automática no es celebrar el alivio del ciudadano, sino recalcular la fórmula para ver cómo se le vuelve a meter la mano en el bolsillo. Con esa mentalidad, Uruguay seguirá siendo un país caro, pesado y diseñado para sostener la burocracia, mientras que los que empujan el carro siguen pagando los platos rotos.