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El Espejismo del «Gasto»: Por qué no cobrar no es regalar

Por Jorge Bonica Sierra.-

En el debate económico moderno, las palabras suelen utilizarse como herramientas de precisión o como armas de confusión. Uno de los malentendidos más comunes —y peligrosos para la libertad individual— es la equiparación de la exoneración tributaria con el subsidio. Aunque en una planilla del Ministerio de Economía puedan parecer lo mismo, su naturaleza moral y económica es radicalmente opuesta.

1. La diferencia de origen: ¿De quién es el dinero?

Para entender la trampa semántica, primero debemos definir los conceptos con claridad:

• El Subsidio: Es un acto de transferencia. El Estado extrae recursos de un sector de la sociedad mediante la fuerza del impuesto y los entrega a otro. Aquí hay una acción positiva de reparto de riqueza ajena.

• La Exoneración: Es un acto de omisión. El Estado decide no confiscar una parte de la riqueza que el ciudadano ya ha generado. No hay transferencia; hay respeto a la propiedad privada.

Afirmar que no cobrar un impuesto es un subsidio implica aceptar una premisa totalitaria: que todo el fruto del trabajo pertenece originalmente al Estado y que lo que el ciudadano conserva es una «concesión» o un regalo del gobierno.

2. El «Gasto Tributario»: Una ficción contable

Desde la perspectiva técnica, el MEF suele utilizar el término «gasto tributario» para referirse a la recaudación que deja de percibir debido a incentivos o exoneraciones. Para el diseño de una planilla fiscal, esta etiqueta es funcional: ayuda a medir el costo de oportunidad de las políticas públicas.

Sin embargo, el problema surge cuando la contabilidad pretende sustituir a la realidad económica. Tratar el dinero que se queda en el bolsillo de quien lo produjo como un «gasto» estatal es una distorsión narrativa que prepara el terreno para la voracidad fiscal.

3. El Leviatán y la base de comparación

La verdadera amenaza aparece cuando la base de comparación es un sistema tributario abusivo. Si las tasas impositivas son asfixiantes, cualquier alivio fiscal empieza a verse, bajo la óptica burocrática, como una «pérdida».

En este punto, la planilla deja de ser una herramienta de análisis para convertirse en la justificación del Leviatán fiscal. Al llamar «gasto» a la libertad de no ser saqueado, el Estado deja de describir la economía y empieza a alimentar al monstruo, asumiendo que su derecho a recaudar es infinito y que cualquier respiro que otorgue al contribuyente es una deuda que el ciudadano tiene con el poder central.