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TIENE CACA EN LA CABEZA

Por Fulbito.-

El límite de la paciencia: Washington Aguerre y un ciclo agotado

El fútbol es un deporte de impulsos, pero el profesionalismo exige control. Lo vivido hoy en el partido contra Defensor Sporting no es un hecho aislado, sino la repetición de un patrón autodestructivo que Peñarol ya no puede permitirse. Washington Aguerre volvió a ser el protagonista de una expulsión tan evitable como dañina, dejando al equipo desamparado en un momento crítico.

La situación rozó lo insólito: sin más cambios disponibles, un jugador de campo tuvo que calzarse los guantes. Es la imagen viva de la desprotección a la que Aguerre somete a sus compañeros.

Una dualidad peligrosa

Nadie cuestiona sus condiciones técnicas. Durante el encuentro, Aguerre demostró por qué es el titular:

• Reflejos intactos: Sacó pelotas con destino de red que solo un arquero de su nivel puede contener.

• Salvador de resultados: Mantuvo el arco en cero en situaciones límite.

Sin embargo, de nada sirven las «atadas imposibles» si, en un segundo de irracionalidad, se le «cruzan los cables». Ya ocurrió en momentos clave de la Copa Libertadores 2024 y la historia se repite hoy.

El costo de la impulsividad

Ser hincha fanático y tener el cariño de la tribuna es un plus, pero no puede ser un cheque en blanco. El fútbol profesional de alta competencia requiere fiabilidad emocional.

1. Perjudica al plantel: Tira por la borda el esfuerzo físico de diez compañeros.

2. Expone a la dirigencia: El proyecto deportivo se tambalea cuando la pieza clave del fondo es una bomba de tiempo.

3. Invalida el talento: Sus errores disciplinarios pesan hoy más que sus virtudes bajo los tres palos.

Peñarol no es un club para improvisar ni para esperar madureces que no llegan. Hay errores que se perdonan por la pasión, pero cuando la falta de conducta se vuelve sistemática, el ciclo debe considerarse cumplido. Por el bien de la institución, es momento de priorizar la seguridad y el equilibrio por encima del sentimiento.