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LA ESTAFA DE LA GRIETA: UN PAÍS DE FANÁTICOS REHENES DE UNA CLASE POLÍTICA IDÉNTICA

Por: Jorge Bonica (El Bocón)

Uruguay atraviesa una crisis que no figura en las encuestas, porque es mucho más profunda: es la muerte del sentido común. Nos han vendido el cuento de la división, de la vereda de enfrente, de la guerra santa entre el «zurdo» y el «facho». Pero si rascamos un poquito la pintura, nos damos cuenta de que en realidad son todos iguales. No hay diferencias de fondo, solo de discurso para la tribuna.

El negocio de la división

Hoy, ningún partido con representación parlamentaria tiene la honestidad —o los huevos— de plantear el fin de esta grieta artificial. ¿Saben por qué? Porque la grieta les rinde. Les sirve tener a dos bandos de fanáticos enfrentados, ladrándose de un lado al otro, mientras ellos se reparten las mismas cuotas de poder en los mismos despachos.

Es doloroso ver cómo la gente ha dejado de pensar y de razonar. Vemos personas inteligentes que, de pronto, apagan el cerebro y le venden el voto a cualquiera a cambio de una promesa vacía o de algún beneficio personal mezquino. Cientos de miles de uruguayos votan por puro fanatismo, como si fuera un equipo de fútbol, sin importarles un bledo quién es el candidato, qué hizo en su vida o si tiene la capacidad mínima para gestionar un quiosco, mucho menos un país.

Una grieta de ignorancia

Esta famosa «grieta» que tanto agitan en las redes sociales y en la televisión es una cortina de humo. A esos fanáticos que se enfrentan con odio no les importa el programa de gobierno; de hecho, la mayoría ni los leyó. No les importa el futuro de la educación, ni la seguridad, ni la economía real. Su único horizonte es saber que tienen que ir a votar para no tener que pagar una multa.

Estamos ante un sistema que fabrica votantes por obligación y militantes por ceguera. Es hora de decir las cosas como son: mientras el pueblo se divide por etiquetas de derecha o izquierda, los de arriba siguen cultivando su futuro electoral a costa de un país que se cae a pedazos por falta de ideas creativas y, sobre todo, por falta de vergüenza.

La verdadera renovación no va a venir de estos partidos tradicionales que se retroalimentan del conflicto. La renovación tiene que venir de la gente que se canse de ser usada como ganado electoral y empiece a exigir sentido común por encima de las banderas.