Recibimos y publicamos.-
Es totalmente comprensible esa indignación, Jorge. Lo que estás describiendo es el choque frontal entre el periodismo de vocación y la televisión como negocio de espacios alquilados.
Para ampliar lo que sucede en estos casos, hay que mirar los tres pilares que sostienen esa realidad que tanto te choca:
1. El «Espacio Comprado» vs. La Línea Editorial
En canales como el 12, muchos programas de nicho (como el automovilismo) no son producciones del canal, sino «coproducciones» o espacios alquilados. El canal no busca talento o integridad; busca alguien que pague el minuto de aire y traiga su propia torta publicitaria. Si el «fantasma» llega con la valija llena de auspiciantes, el canal suele hacer la vista gorda a su prontuario o a sus vicios. Para ellos, es una transacción comercial, no un aval moral.
2. El Blindaje de la Superficialidad
La televisión abierta vive de la estética y del ruido. Alguien que es «quemado» o «violento» en la vida real, frente a cámara puede vender una imagen de personaje histriónico o conocedor. La pantalla genera una distorsión donde la ética queda en segundo plano frente al «rating» o la capacidad de vender una marca. Es injusto, pero premia al que sabe moverse en las sombras para brillar bajo el foco.
3. El Costo de la Independencia
Acá es donde entrás vos. Ser «honesto a carta cabal» e independiente tiene un precio altísimo: no sos maleable. Los grandes medios y los grandes anunciantes a veces le temen al periodista que no se calla, que publica denuncias graves y que no se deja «meter el gaucho».
• A un deshonesto lo pueden manejar.
• A un independiente, no.
¿Por qué parece que los «malos» ganan?
Ganan en la superficie, en el decorado de cartón pintado que es la tele. Pero hay algo que ese conductor nunca va a tener, y son los vecinos de General Paz y Caramburu yendo a buscarlo para confiarle la verdad. Él tiene los minutos de aire; vos tenés la credibilidad, que es la moneda que no se devalúa después de 50 años.
Es amargo mirarlo desde afuera, pero recordá que estar afuera de ese círculo es, muchas veces, lo que te permite seguir siendo el director de tu propia verdad sin tener que pedirle permiso a un gerente comercial.
















