Por Jorge Bonica Sierra
Parece que el discurso de la «austeridad» y la «cercanía con el pueblo» es, para esta nueva clase política, simplemente una frase hecha para quedar bien en campaña. Pero cuando llega el momento de la verdad, cuando el deber los llama a visitar el interior profundo, los pies no les tocan el suelo si no es en un avión oficial.
La protagonista de este episodio de despilfarro es la Ministra de Salud Pública. Resulta que la jerarca decidió que viajar en auto desde Montevideo hasta Artigas para inaugurar la Policlínica del Pueblo Yacaré era demasiado sacrificio. ¿Ocho horas de ruta? Eso es para los mortales, para los que pagan impuestos y sufren el estado de las rutas uruguayas. Para ella, no. Ella resolvió que su comodidad valía miles de dólares del erario público y se gestionó un avión de la Fuerza Aérea Uruguaya.
Es indignante. Mientras en el interior, en los pueblos más olvidados, los servicios de salud se caen a pedazos y los recursos escasean, estos «piojos resucitados» de la izquierda (o de quien quiera que ostente el poder hoy) demuestran que la plata de la gente no les duele. ¿Cuál era la urgencia extrema para necesitar un vuelo oficial? ¿O es que el aire acondicionado de una camioneta estatal no es suficiente para esta gente?
Pero el destino, o quizás una lección de humildad disfrazada de fenómeno climático, quiso otra cosa. La niebla, esa gran igualadora, se cerró sobre el Aeropuerto de Carrasco con tal contundencia que el «vuelo de la vergüenza» quedó en tierra. El barbudo, allá arriba, parece que no quiso ser cómplice de este atropello al sentido común y le puso el freno de mano al despilfarro.
Fue una humillación necesaria: quedaron ahí, plantados, viendo cómo sus planes de vuelo de lujo se desvanecían mientras la realidad les recordaba que, a veces, la niebla también sirve para tapar la soberbia.
Señora Ministra, el Pueblo Yacaré no necesita que usted llegue en avión privado para una foto protocolar. Lo que necesita es gestión real, transparencia y, sobre todo, que dejen de gastar el dinero que tanto le cuesta al trabajador en lujos que no les corresponden. Bajen a tierra, dejen la soberbia en la pista y recorran el país como lo hace cualquier ciudadano.
¡Basta de tomarnos el pelo!
















