Lo que ocurrió en Lavalleja no es simplemente un cachetazo al Partido Nacional. Es, lisa y llanamente, un nocaut a sus dirigentes políticos. Besaron la lona.
Y no pueden decir que no lo vieron venir.
Durante años, algunos líderes nacionalistas de nuestro departamento se dedicaron a tejer acuerdos a espaldas de la gente, creyendo que podían llevar al votante de la nariz, de un lado para el otro, como si la ciudadanía fuera un rebaño sin memoria ni criterio.
Las peleas vergonzosas entre dirigentes, las reconciliaciones novelescas, los abrazos fallutos y las risas forzadas fueron el pan de cada día en la interna blanca.

Todo eso, hoy, tiene su factura. Y como si todo esto fuera poco, intentaron tomarle el pelo a la gente difundiendo una encuesta que vaticinaba una victoria cómoda para el Partido Nacional. Una encuesta circense, de poca monta y escasa credibilidad, que no hizo más que subestimar la inteligencia del electorado. Creyeron que podían manipular la percepción pública con números inflados y pronósticos a medida, pero la realidad, una vez más, les dio la espalda.
Como último manotazo de ahogado, trajeron al propio ex presidente Luis Lacalle Pou, quien afirmó: “con aciertos y con errores, el Partido Nacional es la mejor opción en Lavalleja”. Hacen énfasis en los aciertos, pero se olvidan de la autocrítica sobre los errores.
Prefieren mirar hacia otro lado antes que asumir las responsabilidades de sus propios desaciertos, como si bastara con repetir frases hechas para recuperar la confianza perdida.
El resultado de estas elecciones es el desenlace natural de mirar para su propia chacra. No es la izquierda la que conquistó Lavalleja; fueron los propios dirigentes nacionalistas quienes le entregaron el departamento en bandeja.

La gente se cansó de las promesas vacías, de las disputas internas, de la falta de autocrítica y de la soberbia de quienes creyeron que el poder era un derecho adquirido y no una responsabilidad que se renueva elección tras elección.
Hoy, el Partido Nacional no solo perdió una elección. Perdió la confianza de su gente. Y recuperarla no será cuestión de un abrazo en público ni de un discurso bien armado.
Será un proceso largo, que requerirá humildad, autocrítica y, sobre todo, volver a escuchar a la gente. Lavalleja habló claro. Ojalá esta vez los dirigentes escuchen.
Firma: Román Nappa, Sin pelos en la lengua















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